jueves, 19 de febrero de 2015

Capítulo III: Al borde del precipicio.

– Hola Carrie, te sienta bien la resaca. – Me respondió.
– Empezamos bien... – Le dije irónicamente.
Sonrió mientras tiraba la colilla del cigarro y soltaba el humo que se resguardaba en su boca entrecerrando los ojos.
– Lo decía en serio, pero si no me crees vamos a lo importante, aún hay algo que quiero enseñarte.

Me cogió de la mano y me ayudó a subir a una moto negra y grande, yo no sabía mucho de motos pero me dí cuenta de que esa no era la típica moto de un chico joven. Era como las que llevan esos estadounidenses que calcinan las carreteras de la Ruta 66 en los calurosos días de verano.
Me dio un casco azul y lo miré con cara de “no pretendas que me ponga esto” pero al ver que no me prestaba atención me lo puse sin más. Sin mediar palabra arrancó y condujo hasta que nos fuimos alejando de la ciudad y de la gente, que paseaba, indiferente a la emoción que a mí me embargaba.

No sentía miedo. Realmente, no me interesaba lo que me pasara. Me daba igual caerme de aquella moto o que el misterioso D.A fuera un asesino o un loco. No tenía nada que perder salvo a mí misma, y eso, no me importaba.
Aceleró y me agarré a su cintura. Tenía el vientre duro y el pelo le olía a lavanda. Aspiré su aroma que impregnó cada célula de mi cuerpo.
Nos salimos de la carretera a través de un carril de tierra lleno de baches y fuimos adentrándonos en un bosque repleto de verde y de vida.

D.A me agarró la mano para ayudarme a bajar de la moto y empezamos a caminar.
– Hace tiempo que me he fijado en ti, ¿sabes? – Comenzó a hablar.– Sé que te pasas el día riendo y que parece que nada te importa y que eres una chica más, pero ni eres tan feliz como aparentas ni, desde luego, eres como el resto de chicas que conozco.
– No sabes nada de mí, no me analices porque no me conoces. – Respondí de manera cortante.
– Perdona, no pretendía molestarte. Es cierto, no te conozco o eso crees tú pero se me da muy bien saber como son las personas sin haber siquiera hablado con ellas.
– Pues conmigo te equivocas.
– Entonces cuéntame, ¿eres feliz?
– Supongo que sí.
– Ya sé algo sobre ti; mientes muy mal. – Me dijo sonriendo.

Yo solía tener respuesta para todo. Era muy sarcástica y bastante borde pero cuando él me sonreía parecía una chica sin neuronas, me sentía idiota.
– Dime Carrie, ¿te dan miedo las alturas?
– Hace tiempo que dejé de tener miedo. – Le respondí.
– Entonces he acertado.

Cada vez había menos árboles y el Sol iba brillando con menos intensidad. El camino se acababa cuando llegamos a un acantilado escarpado en el que el mar y el cielo se fundían como se funden dos cuerpos que se aman.

Había una valla de protección cercando el precipicio. D.A la saltó y extendió su mano indicándome que le acompañara. Me armé de valor y la salté sin mucho esfuerzo. Nos sentamos al borde del acantilado, nuestras piernas colgaban sobre el abismo de un mar lleno de rocas negras. El Sol se ponía lentamente y los pájaros danzaban al compás de la suave brisa.
Sentía un desmesurado hormigueo en mi tripa, supongo que sería el vértigo o el miedo a caerme de aquel sitio. D.A puso su mano sobre la mía y el hormigueo se hizo más intenso.
Hablamos hasta que ya apenas quedaba luz. D.A me contó que había llegado al pueblo hacía unos meses y que le encantaba pintar. Él habló más que yo. A veces solo llegaba a observar como sus labios se movían, como sus ojos se encogían cada vez que se reía, como se movía su pelo azabache con el viento y como su mirada era tan profunda que penetraba la parte más oscura de mi alma.

– Vamos, no te gustaría estar aquí de noche. – Me dijo interrumpiendo mis pensamientos de morder su cuello cada vez que respiraba.


Volvimos al camino y llegamos a una pequeña casa rodeada de altos árboles. Una cuidada hiedra trepaba por la fachada principal. Introdujo una llave grande en una antigua cerradura y abrió la puerta, que parecía pesada.

Nos adentramos en esa casa y sentí que ya había estado allí.
Le agarré del brazo y le paré haciendo que se girara ante mí.
– Aún no sé como te llamas. –  le dije.
– ¿Qué importancia tiene un nombre? –  Me respondió indiferente.