martes, 19 de abril de 2016

La noche.

La noche empezó como otro viernes cualquiera en una ciudad que no dormía. Unos amigos me habían avisado unos días antes de que esta noche íbamos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos y sin pensarlo demasiado acepté. Nunca digo que no a una noche de fiesta con amigos, a pesar de que, al día siguiente, jure no volver a beber en lo que me quede de vida. Vida que será corta si mi relación con el whisky va en aumento.

Sinceramente, no puedo quejarme. Tengo amigos, tengo familia, tengo el dinero suficiente para no preocuparme demasiado y tengo a una chica para cuando me siento solo. Sin complicaciones, es lo mejor. Ni siquiera la conozco, es decir, sí, sé que se llama Aura y creo que una vez me contó que estudiaba arquitectura o algo parecido pero si me preguntáis qué es lo que más miedo le da, o como se llama su madre, no sabría responder. Eso me gusta, ella me gusta lo suficiente y creo que si la conociera más todo cambiaría, me gusta estar así. 

La noche comenzó con una cena en uno de esos  restaurantes de moda con platos de nombres demasiado elaborados y comida escasa. Eso hizo que el vino hiciera más efecto.
Entre risas recordamos anécdotas, todas relacionadas con el viaje que habíamos hecho el año anterior.
Mateo empezó contando que una vez me equivoqué de habitación y le vomité encima a Raúl, que dormía borracho en su cama y no se dio cuenta del desastre hasta el día siguiente.
Todos se ríen con fuerza, la gente del restaurante nos mira. Como siempre, estamos llamando la atención pero no me importa, somos jóvenes, tenemos derecho a no darnos cuenta todavía de que la vida es una mierda.

Llegamos a la discoteca y antes de entrar Daniel saca una bolsa de dentro de su pantalón llena de pastillas, es un día especial, estamos de celebración y en días como estos nos gusta sentir algo más fuerte. No nos juzguéis, como os he dicho, somos jóvenes y los jóvenes no tenemos miedo ni mucho que perder.

Las copas y las pastillas empiezan a hacer que las luces de la discoteca se conviertan en un mundo utópico en el que no existe nada más que la risa. 
Una chica rubia me está mirando. La he visto. Lleva un rato bailando sensualmente delante mía. Un vestido negro se desliza en su cuerpo resaltando sus curvas y se toca suavemente mientras fija sus ojos en los míos intentando que adivine sus pensamientos. No es difícil saber lo que piensa.
Se acerca a mí cuando ya casi no puedo hablar y me susurra algo al oído que no entiendo pero que no necesita ser explicado. Mis amigos me miran con esa cara. Ya sabéis, esa cara que ponen los amigos cuando una tía se te acerca, no encuentro una expresión para describirla.

Me dirijo hacia ellos e ignoro a la rubia, me digo a mí mismo que esta noche no es para pasarla entre las piernas de una mujer, si no entre los brazos de mis amigos. Pero sé que realmente no es eso en lo que estoy pensando.

Ellos me ven acercarme y me llaman subnormal por no haber aprovechado tan suculenta oportunidad. Balbuceo unas palabras y me río. Ellos también se ríen y bailamos o saltamos, a veces no distingo lo que hacemos en ese estado. Por suerte, no suelo recordarlo a la mañana siguiente.

Un instinto me hace mirar el móvil que veo borroso. Las 5:37, pronto cerrarán. ¿Habrá salido Aura? Siento un enorme deseo de pasar lo que queda de noche con ella y le mando un mensaje. No me contesta y guardo el móvil. Maldita sea ¿por qué le habré hablado? 5:48, me ha contestado. Sí, ha salido y me dice que vaya para su casa que acaba de llegar.

Va a ser la noche perfecta si consigo llegar a su calle sin caerme por el camino. 
Llego a su casa y me recibe desnuda. Pobres inocentes los que creen que estar enamorado es la mejor sensación del mundo. Esta es la mejor sensación del mundo.
Ella me complace, como siempre. Yo intento complacerla a pesar de que la cabeza me da vueltas y parece que estoy flotando.

El sol pespunta por el resquicio de la ventana y Aura me besa y bosteza, es la señal para que me vaya pero no me levanto de la cama. Hoy me apetece que me cuente porque sus ojos siempre están tristes. Hoy me siento solo y no quiero más compañía que la de sus palabras.



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