lunes, 16 de septiembre de 2013

13.- Eres viento.

Día soleado. El sofocante calor del verano se va disipando y la inspiración nace como una melodía clásica que fluye en la mente de su autor.
Me pregunto cómo es posible que las personas, esos seres tan complicados, pueden cambiar con tanta facilidad.
¿Realmente las personas cambian o siempre son iguales y no nos damos cuenta?

Habían pasado siete meses desde que Víctor me dijo que tenía a alguien mejor que yo en su vida e insistí. Insistí más de lo necesario para al final, solo conseguir más dolor.
Con el paso de las semanas, de los meses, parecía otra persona.
Me dijo que le dejara en paz, que a su novia no le gustaba que fuéramos amigos y él, prefirió hacerle caso a ella y alejarse de mí.
Ya me había dicho un par de veces que me olvidara de él, que no éramos nada. Eso me hizo sentir tan terriblemente estúpida, tan por debajo de él.

Recuerdo un día, justo después de la última vez que me dijo que no le importaba lo más mínimo. Lloré, pero fue un llanto débil, algo así como cuando se te escapa una lágrima viendo una película y no entendía porque no rompía a llorar, era extraño, debería estar llorando desgarradamente, deberían estar cayendo mil lágrimas y no un par pero no era así y me di cuenta de porque no lloraba de forma desconsolada... 
Víctor ya no existía, ese Víctor que me había enseñado tantas cosas, que me había querido tanto no existía, no estaba.
 En su lugar había otra persona que no me gustaba, que me parecía cruel e insensible y así fue como entendí que las personas son como el viento, un día van en una dirección y al siguiente tienen un rumbo totalmente distinto llegando a destrozar lo que encuentran en su camino.

La razón por la que debería llorar no existía, entonces ¿de qué servía llorar? y al comprender esto, sonreí.