sábado, 19 de julio de 2014

Capítulo II: Ojos grises en callejones negros.

¿Qué estás mirando?- le pregunté.
Estoy mirándote a ti, Carrie.- respondió.
¿Cómo sabes mi nombre?
Y me mostró una media sonrisa mientras sujetaba el cigarro casi consumido en sus labios.
Pude verle con claridad al acercarme. Era bastante alto, una descuidada barba rodeaba su angulosa mandíbula. Era demasiado guapo para no estar rodeado de bellas mujeres que lo adularan para conseguir una noche o una vida a su lado. Parecía unos años mayor que yo y sus manos eran grandes y estaban agrietadas.

Hace tiempo que te conozco -Me dijo.- ¿Quieres que te enseñe algo?
No te conozco de nada, no pienso ir contigo a ningún sitio, puedes ser un asesino de esos que después de matar a sus víctimas  coleccionan partes de sus cuerpos en formol.- respondí de manera que ni yo sabía si lo estaba despreciando o si irme con él era lo que siempre había deseado.
Puede que lo sea, de todas formas no creo que tengas nada mejor que hacer aquí.- dijo irónico.- Por si cambias de opinión o le pierdes el miedo a los asesinos en serie aquí tienes mi número.- concluyó antes de marcharse.

No me dio tiempo a abrir la boca cuando dentro de mi mano encontré un arrugado papel en el que, aunque borroso, se veía escrito: "
Para la chica que escribe en los libros de la biblioteca." A continuación se veía su número y al final firmaba con las iniciales D.A.
¿Cómo sabía que era yo la que escribía en los libros? Estaba tan intrigada que sentí miedo, algo en mi interior me decía que huyera de aquel hombre... D.A, no tenía ni idea de quien era, no lo había visto jamás.
Decidí volver a perderme entre la multitud a la vez que rellenaba mi vaso una y otra vez. Bebí hasta el punto en que creí que mi encuentro con D solo había sido un sueño. 

A la mañana siguiente, me desperté en mi cama y curiosamente me encontraba genial. Esta vez la resaca no me había dejado hecha polvo, debía ser esa nueva ginebra. Mientras el agua resbalaba por mi cuerpo en la ducha, mi mente intentaba recordar en vano cada momento de la noche anterior. Solo encontré un gran vacío con algunos huecos repletos de sudor, lágrimas y más besos de esos que no significan nada.
Cogí el libro que me estaba leyendo hacía unos días, Cien años de soledad y al final del epílogo encontré algo que yo misma había escrito:

                  Inmensurable como el dolor de las noches sin ti,
como la agonía de no volver a suspirar en tu ombligo
ni a mezclarme con tu saliva, ni con tus manos.
Como un otoño perpetuo en el que cuanto menos te recuerdo
más te necesito.

Entonces recordé la nota y envié inmediatamente un mensaje al número de teléfono: "A las 7 en el banco de la calle Boudin"
En el momento en el que pulsé enviar me arrepentí. Estaba loca si pensaba que él estaría allí, seguramente estaba riéndose de mí la noche anterior...
Me recogí el pelo y me puse un vestido negro y corto, pensé que lo mejor sería dar un paseo y olvidarme del tema pero a las siete menos cinco estaba en la calle Boudin esperando verle, deseando en lo más profundo de mi interior que fuera él el que me liberara de la granada, el que curara mis grietas y me hiciera sonreír de forma sincera. Anhelaba desvanecerme en sus brazos para que me besara y sentir por fin que estaba viva, que dejaba de morir un poquito cada día, que me rescataba y que mi almohada no tendría que aguantar más el peso de mis lágrimas cuando las grietas que recubrían el escudo de mi corazón se rasgaban.

Entonces lo vi y corrí a esconderme detrás de un coche aparcado justo en frente, era demasiado perfecto para ser real, parecía que no le importaba nada de lo que sucedía a su alrededor. Se apoyó en la pared y encendió un cigarrillo mientras miraba serio al coche en el que me escondía, me sentí muy ridícula al pensar que se había dado cuenta de que me ocultaba como una niña pequeña. 
Me quité una pulsera y la tiré al suelo para hacer como que la recogía y así salir de mi escondite, pero creo que notó mi farsa porque comenzó a sonreír al mismo tiempo que exhalaba el humo del cigarro.
Me acerqué nerviosa a él.
Hola misterioso D.A.- le dije.




-Continuará.-


viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo I: Como una granada a punto de estallar.

Aborrezco cada grieta que esculpiste sin darte cuenta en mi desvalido cuerpo, esas que no soy capaz de cerrar y que a destiempo supuran rabia y un dolor tan hondo e intenso, que me siento agonizante y a punto de estallar en mil pedazos.
He creado un escudo de llagas y heridas para que la granada que transporto a diario dentro de mi ser no me haga más daño a mí, ni a la persona que se atreva a accionar el mecanismo que la active.
Hubo una noche, en la que casi logro cerrar la grieta más profunda que portaba desde hacía ya unos cuantos años. Fue en el momento más imprevisto, cuando ya no esperas que nadie tenga el suficiente valor para advertir que eres una persona que necesita que la restauren. 
Solía ir a menudo a un lugar en el que bebía ginebra e intentaba olvidar con música ensordecedora y besos frívolos la agonía que llenaba cada una de mis venas.
Una de esas noches, el alcohol recorría mis labios deprisa, sentía en mi garganta cada pinchazo que implicaba mantener a salvo la granada y en consecuencia, mantenerme a salvo a mí. Para ello, bebía saboreando cada gota, notando el gusto a derrota y a veces, a humillación. Hablaba sin saber muy bien de qué y reía al mismo tiempo que por dentro me aborrecía. Mi cuerpo se adormecía y me hacía creer a mí misma que con ello, el dolor también se quedaría dormido para siempre.

Movía mi cintura al ritmo de una música que no lograba distinguir pero que yo cantaba, y sonreía, sonreía mucho sin entender el motivo. Me gustaba quedarme sola, huir de los que me conocían y perderme entre gente que solo se fijaban en mí de una forma lasciva, algo que me resultaba cómico.

Reclinado en una pared encalada pude distinguir a un hombre que me miraba mientras se encendía un cigarro, no lograba adivinar de que color eran sus ojos. Había algo peculiar en él, algo atípico que me tentaba a acercarme a esa misteriosa figura perdida en la penumbra de la discoteca. 
Poco a poco, fui aproximándome sin que me quitara la vista de encima. Examinaba fijamente su mirada sin atisbar un ápice de color en sus ojos, cuando estaba a reducidos metros de él pude ver que tenía los ojos más grandes y grises que me había atrevido a contemplar...


-Continuará-