viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo I: Como una granada a punto de estallar.

Aborrezco cada grieta que esculpiste sin darte cuenta en mi desvalido cuerpo, esas que no soy capaz de cerrar y que a destiempo supuran rabia y un dolor tan hondo e intenso, que me siento agonizante y a punto de estallar en mil pedazos.
He creado un escudo de llagas y heridas para que la granada que transporto a diario dentro de mi ser no me haga más daño a mí, ni a la persona que se atreva a accionar el mecanismo que la active.
Hubo una noche, en la que casi logro cerrar la grieta más profunda que portaba desde hacía ya unos cuantos años. Fue en el momento más imprevisto, cuando ya no esperas que nadie tenga el suficiente valor para advertir que eres una persona que necesita que la restauren. 
Solía ir a menudo a un lugar en el que bebía ginebra e intentaba olvidar con música ensordecedora y besos frívolos la agonía que llenaba cada una de mis venas.
Una de esas noches, el alcohol recorría mis labios deprisa, sentía en mi garganta cada pinchazo que implicaba mantener a salvo la granada y en consecuencia, mantenerme a salvo a mí. Para ello, bebía saboreando cada gota, notando el gusto a derrota y a veces, a humillación. Hablaba sin saber muy bien de qué y reía al mismo tiempo que por dentro me aborrecía. Mi cuerpo se adormecía y me hacía creer a mí misma que con ello, el dolor también se quedaría dormido para siempre.

Movía mi cintura al ritmo de una música que no lograba distinguir pero que yo cantaba, y sonreía, sonreía mucho sin entender el motivo. Me gustaba quedarme sola, huir de los que me conocían y perderme entre gente que solo se fijaban en mí de una forma lasciva, algo que me resultaba cómico.

Reclinado en una pared encalada pude distinguir a un hombre que me miraba mientras se encendía un cigarro, no lograba adivinar de que color eran sus ojos. Había algo peculiar en él, algo atípico que me tentaba a acercarme a esa misteriosa figura perdida en la penumbra de la discoteca. 
Poco a poco, fui aproximándome sin que me quitara la vista de encima. Examinaba fijamente su mirada sin atisbar un ápice de color en sus ojos, cuando estaba a reducidos metros de él pude ver que tenía los ojos más grandes y grises que me había atrevido a contemplar...


-Continuará- 

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