jueves, 23 de julio de 2015

Only human.

He sentido el frío calarme los huesos cuando me dejaba tan sola que no me tenía ni a mí misma. He llorado y he querido no ser sin él. Le he creído y ha sido mentira siempre. Me ha descompuesto en mil pedazos y luego ha intentado arreglar ese desastre sin darse cuenta de que olvidaba algunas piezas y de que ya no era la misma porque estaba incompleta. Entonces, se ha enfadado porque había cambiado y se ha ido.

He querido ser lo que nunca he sido. 
He querido ser piedra porque las piedras son difíciles de romper, pero me he dado cuenta de que también se quiebran y son fáciles de hundir.
He querido ser hielo porque el hielo es frío, porque el hielo te deja la piel dormida, te anestesia, no te duele. Pero a veces, el hielo también quema, incluso más que el fuego.
He querido ser viento porque nadie puede ver el viento. Nadie puede ver el viento hasta que se convierte en huracán y lo destroza todo.

Siempre quise ser muchas cosas pero ahora solo quiero ser humana.
Me gusta la mermelada de melocotón y el olor que desprenden los árboles justo después de la lluvia. Ya no lo echo de menos. Me encanta sumergirme en el mar y que se pare el mundo por un momento. Pintarme los labios de rojo y que me lleves toda la noche en la boca. Odio los martes y las noches sin Luna. A veces quiero tanto que me da miedo y huyo. Otras veces quiero demasiado poco y me marcho para no hacer daño sabiendo que me odiarías más si me quedara y fingiera que tengo ganas de ti. Y en contadas excepciones, quiero en la medida justa. No me gusta querer así, a mí me gusta querer sin darme cuenta y que un día cualquiera te acerques y se me ponga la piel de gallina. 

A veces, también querría que me buscaras pero estoy haciéndome trampas a mi misma, a ver si así dejas de importarme y puedo seguir fingiendo que no siento nada.

domingo, 12 de julio de 2015

Olor a libro viejo.

Es rara esta sensación. Se parece a oler un libro viejo; ya lo has leído, conoces la historia que contiene, recuerdas los errores que cometieron los personajes y sabes como acaba, pero, lo hueles y parece que esconde algo que no sabes, que algo ha cambiado en él, que quizás te saltaste un par de páginas que cambiaban el rumbo de la historia. 
Eres el olor de un libro viejo. Me transportas a un lugar que ya conozco, haces que mi imaginación se agite desmedida buscando nuevos horizontes en los que consumirme.
A mí no me gusta releer libros viejos. Prefiero nuevas páginas en las que desvanecerme, momentos que sean insólitos para mis sentidos, que consigan sorprenderme como cuando muere el protagonista y no tiene sentido.
Tú hueles a libro viejo pero estás lleno de páginas nuevas, algunas incluso en blanco.
Esta sensación me confunde, parece que sí pero no. No consigue arrancar a pesar de que acelera. Frenar parece lo más lógico. 
Mi problema es que siempre hablo fuerte cuando brindan mis recuerdos y mis ganas, como para no escucharme, como para callarme por dentro. Para no volver a antiguos lugares en los que ya me hicieron daño, para no volver a ti.
Creo que debería irme a casa. Nunca pasa nada bueno cuando nos vemos, el mundo es demasiado grande para nosotros. Intentamos volar pero siempre nos caemos en el precipicio de nuestros ojos, y volvemos a poner los pies en la tierra, machacados, descompuestos, y nos damos cuenta de que no es real. No ha sido real, solo ha sido un deseo de lo que queremos que sea.
Esta noche te estoy gritando pero no eres capaz de escucharme porque estás roto, más roto que yo, porque aún no has curado el adiós, no puedes. No eres capaz de tachar tus antiguas páginas, no puedes volver a escribir porque no soy yo tu musa y no encuentras en mí la inspiración para componer un nuevo principio. Porque estás en ella, porque eres suyo aunque no lo sepas, porque las cadenas no se han roto y no has aprendido a ser tú sin ella y la recuerdas y aún te pones triste porque te gustaría volver a ese capítulo de tu libro y no escribir uno nuevo, porque te gustaba el capítulo que ella escribió para ti, porque para ti, ella es tu olor a libro viejo y yo tan solo soy un par de páginas en una pantalla táctil.

lunes, 18 de mayo de 2015

El amor está muerto.


Me dijeron que el amor estaba muerto y ya no esperé ser musa ni diosa.
Yo que deseaba que un piano y una voz rasgada lloraran mi nombre. 
Yo que pretendía que un poeta olvidado me escribiera desnuda.
Que quería compartir la locura de un soñador que me dejara perderme en su infierno y que me hiciera tocar el cielo.
Yo, que en mis sueños contemplaba como unas manos eran capaces de atravesar mi carne hasta llegar al lugar donde se esconden mis heridas más profundas y que tenían el valor de recomponer cada trocito de vida que me había dejado en el camino.
Pobre tonta que imaginaba que existía alguien capaz de sorprenderme. Pobre ingenua. Pobre.
Me dijeron que el amor estaba muerto y yo les creí porque lo había sentido aquella noche, tú te habías encargado de asesinarlo a sangre fría. 
Me dijeron que todo era una utópica mentira y deseé no haber sentido lo que era que te perdieras en mi pelo cuando estaba dormida.










miércoles, 22 de abril de 2015

Espejos.

Ante el espejo que me mira ausente y que clava en mí su mirada asesina, desnudo mi cuerpo y me expongo, a la sentencia de mis cansados ojos. De arriba a abajo. Las ojeras proclaman que en las noches, el sueño huye apresurado de mi cama, que ya no huele a ti. Mis rasgados labios ya no recuerdan lo que era sentir y gritan al mundo que soy libre aunque de verdad no lo sea. Gritan en silencio porque no quieren que nadie les escuche, porque a nadie le importa que ya no sea la misma.
Mis clavículas aún no se notan demasiado. Me encantan las clavículas, me recuerdan al equilibrio, a que por dentro todos tenemos huesos, todos somos un ordenado montón de huesos, a pesar de que los míos parezcan oxidados.
Mi barriga podría ser más pequeña y mis caderas dibujan una curva creyéndose un violonchelo que interpreta un réquiem, cuando se mueven, a veces, también hacen música, pero solo cuando estoy contigo.
Mis piernas son largas y están cansadas de andar sin moverme, sin tener un destino al que llegar, sin tener un lugar al que ir ni a nadie que allí me espere. Se quejan, destrozadas, pidiéndome que deje de caminar sin rumbo. Por eso, quizás, cuando encuentre un destino al que ir, ellas ya no me lleven.
Mis pies no son bonitos. Las heridas que los saturan me recuerdan a las noches de verano en las que solía divertirme demasiado fuerte, en las que la vida consistía en reírse tanto que te acababa doliendo la mandíbula. Echo de menos esas noches en las que casi hallo la felicidad de tenerme a mí misma.
Aparto la mirada del rayado espejo. Soy yo, la de siempre y la nueva, la de antes y la de ahora, una mezcla que se forja día a día a base de tiritas y puntos de sutura. 
Soy yo y me quiero así, rota y creyéndome libre.

martes, 10 de marzo de 2015

Capítulo IV: La soledad de un suspiro.

– Mis padres están de viaje así que no nos molestarán. – Mencionó.
La casa era pequeña y su decoración no era moderna pero tenía un encanto especial. Estanterías llenas de libros atestaban las blancas paredes. Una chimenea grande y de piedra destacaba en el salón iluminado por la luz de la luna que se colaba a través de un gran ventanal. Subimos una preciosa escalera de caracol de madera clara y entramos en su habitación. Estaba relativamente ordenada aunque los libros,  una vez más, invadían casi todo el espacio. Un caballete con un lienzo inacabado se situaba en el centro del dormitorio.
– ¿Qué estás pintando? – Le pregunté.
– ¡No puedes verlo hasta que esté acabado! – Exclamó mientras cubría la pintura con una sábana blanca manchada con mil colores.– Últimamente la inspiración no quiere pasarse por aquí.
– Al menos dime que seré la primera en verlo. 
Sonrió y me llevó hasta la cama, donde nos sentamos. Se quedó mirándome a los ojos sin mediar palabra, profundamente. Seguía mirándome mientras deslizaba dos de sus dedos por mi hombro y bajaba suavemente el fino tirante de mi vestido. Su mano volvió a subir con delicadeza hasta mi cara acariciándola mientras su cuerpo se acercaba cada vez más al mío. Su cara se encontraba a pocos centímetros de la mía. Podía sentir como su aliento calentaba mis labios. Ansiaba besarle, lo deseaba con todas mis fuerzas, pero me encontraba paralizada, sumergida en aquel momento que parecía onírico.
Me dio un beso en la mejilla. Me dio otro beso en la mandíbula, cerca del lóbulo de la oreja y subió su mano por el interior de mi muslo metiéndose bajo mi vestido mientras seguía besando mi cuello sin prisa. Le besé con vehemencia en los labios posando mi mano en su nuca y aproximándolo a mí todo lo que pude.
Él me agarró de la cintura apartándome y dejándome tumbada en la cama.
– Lo siento, Carrie, esto no debía haber pasado. – Dijo interrumpiendo el momento.
Mi mente no encontraba las palabras que le ofrecieran una respuesta y cerré los ojos en un intento de pensar qué contestarle. Sentía como él me acariciaba con la punta de sus dedos mientras mis músculos se debilitaban y comencé a sentirme muy cansada.

Cuando desperté, el sol me cegó y con los ojos medio cerrados busqué con mis manos a D.A a mi lado pero solo hallé las sábanas enredadas. Terminé de abrir los ojos y me di cuenta de que estaba en mi habitación. Me dolía mucho la cabeza, parecía que la resaca que el día anterior no me había afectado ahora me llegaba de golpe, asesinándome silenciosa. 



Un millón de preguntas recorrían mi cerebro tan rápido que antes de encontrar la respuesta a una, ya tenía la siguiente rondándome. 
Me levanté apresurada de la cama, lo hice tan rápidamente que incluso tuve que agarrarme al cabecero cuando mi cuerpo se balanceó y mi mirada se nubló.
Seguía con mi vestido negro. Me dirigí al baño de mi dormitorio para mirarme en el espejo y mis labios ya no estaban pintados de rojo. Olía a él ¿cómo iba a olvidar ese olor? No entendía nada. Quizás me había vuelto loca, quizás había bebido tanta ginebra que había perdido la cabeza, quizás mi imaginación se lo había inventado todo, o las nuevas pastillas que me recetó el psiquiatra me habían hecho tener alucinaciones (no sería la primera vez), quizás había sido un sueño, quizás... 
Recordé de repente el arrugado papel que me había dado D.A en la discoteca y me puse a buscarlo como una lunática por todos los cajones y bolsos de mi habitación hasta que dí con él e inmediatamente cogí el teléfono y comencé a marcar los números nerviosa. A pesar de llamar varias veces la respuesta fue el mismo pitido intermitente. No me contestó nadie pero al soltar el teléfono me di cuenta de que tenía algo escrito en mi brazo “Te prometo que continuará, Dylan”



jueves, 19 de febrero de 2015

Capítulo III: Al borde del precipicio.

– Hola Carrie, te sienta bien la resaca. – Me respondió.
– Empezamos bien... – Le dije irónicamente.
Sonrió mientras tiraba la colilla del cigarro y soltaba el humo que se resguardaba en su boca entrecerrando los ojos.
– Lo decía en serio, pero si no me crees vamos a lo importante, aún hay algo que quiero enseñarte.

Me cogió de la mano y me ayudó a subir a una moto negra y grande, yo no sabía mucho de motos pero me dí cuenta de que esa no era la típica moto de un chico joven. Era como las que llevan esos estadounidenses que calcinan las carreteras de la Ruta 66 en los calurosos días de verano.
Me dio un casco azul y lo miré con cara de “no pretendas que me ponga esto” pero al ver que no me prestaba atención me lo puse sin más. Sin mediar palabra arrancó y condujo hasta que nos fuimos alejando de la ciudad y de la gente, que paseaba, indiferente a la emoción que a mí me embargaba.

No sentía miedo. Realmente, no me interesaba lo que me pasara. Me daba igual caerme de aquella moto o que el misterioso D.A fuera un asesino o un loco. No tenía nada que perder salvo a mí misma, y eso, no me importaba.
Aceleró y me agarré a su cintura. Tenía el vientre duro y el pelo le olía a lavanda. Aspiré su aroma que impregnó cada célula de mi cuerpo.
Nos salimos de la carretera a través de un carril de tierra lleno de baches y fuimos adentrándonos en un bosque repleto de verde y de vida.

D.A me agarró la mano para ayudarme a bajar de la moto y empezamos a caminar.
– Hace tiempo que me he fijado en ti, ¿sabes? – Comenzó a hablar.– Sé que te pasas el día riendo y que parece que nada te importa y que eres una chica más, pero ni eres tan feliz como aparentas ni, desde luego, eres como el resto de chicas que conozco.
– No sabes nada de mí, no me analices porque no me conoces. – Respondí de manera cortante.
– Perdona, no pretendía molestarte. Es cierto, no te conozco o eso crees tú pero se me da muy bien saber como son las personas sin haber siquiera hablado con ellas.
– Pues conmigo te equivocas.
– Entonces cuéntame, ¿eres feliz?
– Supongo que sí.
– Ya sé algo sobre ti; mientes muy mal. – Me dijo sonriendo.

Yo solía tener respuesta para todo. Era muy sarcástica y bastante borde pero cuando él me sonreía parecía una chica sin neuronas, me sentía idiota.
– Dime Carrie, ¿te dan miedo las alturas?
– Hace tiempo que dejé de tener miedo. – Le respondí.
– Entonces he acertado.

Cada vez había menos árboles y el Sol iba brillando con menos intensidad. El camino se acababa cuando llegamos a un acantilado escarpado en el que el mar y el cielo se fundían como se funden dos cuerpos que se aman.

Había una valla de protección cercando el precipicio. D.A la saltó y extendió su mano indicándome que le acompañara. Me armé de valor y la salté sin mucho esfuerzo. Nos sentamos al borde del acantilado, nuestras piernas colgaban sobre el abismo de un mar lleno de rocas negras. El Sol se ponía lentamente y los pájaros danzaban al compás de la suave brisa.
Sentía un desmesurado hormigueo en mi tripa, supongo que sería el vértigo o el miedo a caerme de aquel sitio. D.A puso su mano sobre la mía y el hormigueo se hizo más intenso.
Hablamos hasta que ya apenas quedaba luz. D.A me contó que había llegado al pueblo hacía unos meses y que le encantaba pintar. Él habló más que yo. A veces solo llegaba a observar como sus labios se movían, como sus ojos se encogían cada vez que se reía, como se movía su pelo azabache con el viento y como su mirada era tan profunda que penetraba la parte más oscura de mi alma.

– Vamos, no te gustaría estar aquí de noche. – Me dijo interrumpiendo mis pensamientos de morder su cuello cada vez que respiraba.


Volvimos al camino y llegamos a una pequeña casa rodeada de altos árboles. Una cuidada hiedra trepaba por la fachada principal. Introdujo una llave grande en una antigua cerradura y abrió la puerta, que parecía pesada.

Nos adentramos en esa casa y sentí que ya había estado allí.
Le agarré del brazo y le paré haciendo que se girara ante mí.
– Aún no sé como te llamas. –  le dije.
– ¿Qué importancia tiene un nombre? –  Me respondió indiferente.