Mis clavículas aún no se notan demasiado. Me encantan las clavículas, me recuerdan al equilibrio, a que por dentro todos tenemos huesos, todos somos un ordenado montón de huesos, a pesar de que los míos parezcan oxidados.
Mi barriga podría ser más pequeña y mis caderas dibujan una curva creyéndose un violonchelo que interpreta un réquiem, cuando se mueven, a veces, también hacen música, pero solo cuando estoy contigo.
Mis piernas son largas y están cansadas de andar sin moverme, sin tener un destino al que llegar, sin tener un lugar al que ir ni a nadie que allí me espere. Se quejan, destrozadas, pidiéndome que deje de caminar sin rumbo. Por eso, quizás, cuando encuentre un destino al que ir, ellas ya no me lleven.
Mis pies no son bonitos. Las heridas que los saturan me recuerdan a las noches de verano en las que solía divertirme demasiado fuerte, en las que la vida consistía en reírse tanto que te acababa doliendo la mandíbula. Echo de menos esas noches en las que casi hallo la felicidad de tenerme a mí misma.
Aparto la mirada del rayado espejo. Soy yo, la de siempre y la nueva, la de antes y la de ahora, una mezcla que se forja día a día a base de tiritas y puntos de sutura.
Soy yo y me quiero así, rota y creyéndome libre.
Soy yo y me quiero así, rota y creyéndome libre.
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