domingo, 7 de agosto de 2016

Amanecer.

Recuerdo como tumbada a tu lado en un colchón enmohecido supe que me había perdido y encontrado al mismo tiempo, que mientras las estrellas observaban, anhelantes y lascivas,  nuestros cuerpos goteaban extasiados y me mirabas y tus ojos sabían a mar.

Recuerdo que tus manos en mi cintura acercaban mis ganas a tus antojos, que me acariciabas lento y yo no quería que pararas nunca de ser tan imperfecto. Que tus lunares se habían convertido en mi refugio y que ya no sabía cual era mi favorito.

Recuerdo que volvieron a gustarme los abrazos porque dentro de ti me sentía a salvo; que volábamos todas las noches y que yo nunca llegaba a aterrizar del todo. 

Te recuerdo tanto que a veces te invento en otros cuerpos. Y que no puedo, no puedo parar de recordarte y eres como un cuchillo que me apuñala lacerante, desgarrándome hasta el tuétano, rompiéndome una vez y otra y otra más.  

Y ahora me da miedo que tú seas un recuerdo y yo para ti sea olvido; que te encuentre y no reconozcas mi voz gritándote al oído. Que tu luz se apague y las sombras vuelvan a atraparme. Que tus ojos se cierren y mis manos no busquen tu placer inagotable.

Miedo de que me duelas.
Miedo de que te vayas.
Miedo de echarte de menos como si no fuera a volver a verte nunca más.