domingo, 7 de agosto de 2016

Amanecer.

Recuerdo como tumbada a tu lado en un colchón enmohecido supe que me había perdido y encontrado al mismo tiempo, que mientras las estrellas observaban, anhelantes y lascivas,  nuestros cuerpos goteaban extasiados y me mirabas y tus ojos sabían a mar.

Recuerdo que tus manos en mi cintura acercaban mis ganas a tus antojos, que me acariciabas lento y yo no quería que pararas nunca de ser tan imperfecto. Que tus lunares se habían convertido en mi refugio y que ya no sabía cual era mi favorito.

Recuerdo que volvieron a gustarme los abrazos porque dentro de ti me sentía a salvo; que volábamos todas las noches y que yo nunca llegaba a aterrizar del todo. 

Te recuerdo tanto que a veces te invento en otros cuerpos. Y que no puedo, no puedo parar de recordarte y eres como un cuchillo que me apuñala lacerante, desgarrándome hasta el tuétano, rompiéndome una vez y otra y otra más.  

Y ahora me da miedo que tú seas un recuerdo y yo para ti sea olvido; que te encuentre y no reconozcas mi voz gritándote al oído. Que tu luz se apague y las sombras vuelvan a atraparme. Que tus ojos se cierren y mis manos no busquen tu placer inagotable.

Miedo de que me duelas.
Miedo de que te vayas.
Miedo de echarte de menos como si no fuera a volver a verte nunca más. 









miércoles, 13 de julio de 2016

Azul.

Desde el principio le dejé muy claro que solo éramos "amigos". No quería complicaciones. Él podía hacer lo que quisiera y yo también, no teníamos ningún compromiso. Ambos estábamos de acuerdo, él acababa de salir de una relación muy tóxica y yo estaba demasiado bien sola como para complicarme la vida y además, el curso siguiente me iba a otro país a estudiar.

Empecé a quedar con él sin mayor expectativa que la de pasar un buen rato, y aunque al principio todo me parecía extraño, cada vez me gustaba más estar con él. Nos pasábamos las noches en su casa haciendo nada y todo al mismo tiempo.

Él tocaba la guitarra y le ponía tanto sentimiento que era imposible no quedarse embobada mirándole desprender tanta magia. A veces me cantaba y me miraba de reojo cuando soltaba una frase que sabía que me iba a gustar.

Éramos muy distintos y eso lo hacía más interesante. Discutíamos sobre nuestros ideales y siempre acabábamos comiéndonos a besos.
No importa que lo que estuviéramos haciendo fuera jugar al ajedrez, devorándonos, anestesiándonos, escuchando música, viendo quien comía más helado o bailando vals en la cocina. Los días pasaban y no nos dábamos cuenta de que estábamos creando primavera.
La mecha estaba encendida y acabaríamos quemándonos.

Él se fue y yo también pero se quedó el antojo de seguir jugando cada tarde.

A veces me pasa que cuando todo es tan simple y bonito, inconscientemente lo complico. No dejo que me quieran. Eso es justamente lo que volvió a pasar, empecé a pintarnos líneas rojas y desbaraté mi cabeza con planes de un futuro que no existía. Es difícil que alguien pueda quererme con todos mis infiernos. 

Era muy improbable que él, que también también estaba roto, pudiese repararme.
Solo estábamos jugando.
Solo nos atrevimos más de lo que debíamos.
Solo lo estropeé porque era demasiado perfecto para lo que yo merecía.


Una noche más sigo haciéndome trampas a mí misma. Cuando soy feliz busco la manera de estropearlo, y siempre, siempre la encuentro. Es un autosabotaje continuo.



Acabé quemándolo pero siempre llevaré en mis dedos las cenizas de este incendio.





lunes, 4 de julio de 2016

Día.

Los pies me dolían muchísimo. Llevaba horas sin descansar. Esa mañana había llegado temprano a clase porque tenía un examen. Había estudiado, lo prometo. Había estudiado muchísimo y aún así no había conseguido contestar a más de un par de preguntas. Salí decepcionada después de dos horas y me adentré en otra clase en la que simplemente asentía como si al profesor le importara si lo estaba entendiendo. Almuerzo rápido, a las 4 tenía que estar trabajando.

Llegué a la cafetería y mi jefa me dijo que ese mes cobraría menos. Tenía que entenderla, las cosas no iban bien, la gente no gastaba dinero y un largo etcétera de explicaciones que no escuché porque estaba haciendo cálculos. Tenía que pensar como iba a pagar la matrícula, la comida y el piso y no me llegaba. Otro mes a base de pasta y arroz en todas sus modalidades. 

Le dije que la entendía ¿qué más podía hacer? Tal y como estaban las cosas no me podía arriesgar a perder el trabajo.

Me dispuse a fregar los vasos cuando entraron tres hombres de unos cuarenta o cincuenta años. Me chistaron para que les atendiera. Como lo odiaba... ¿Tan difícil era decir "perdona"? 

Uno de los hombres, el que olía a sudor rancio, me pidió dos cervezas y un café. Lo serví todo en la mesa y otro de los hombres, con un espeso bigote, tiró al suelo la cucharilla del café. Me agaché a cogerla y pude sentir como los tres me miraban el culo. "Gracias guapa" me respondió guiñándome el ojo. Siguió diciéndome que tenía una boca muy bonita mientras se relamía y sus dos compañeros se reían. Yo sonreía, eran clientes, pero que asco me daba. 
Cuando me pagaron, me habían dejado un euro de propina y sentí que vendía mi dignidad por una miseria.

El turno terminó con normalidad y a las diez de la noche salí de aquel lugar sin ganas de volver al día siguiente. Al menos, era viernes.

Gala me había mandado un mensaje. Esta noche salíamos. No me apetecía, solo quería meterme en la cama y ver mi nueva serie favorita hasta que me quedara dormida. Insistió y acabé cediendo.

Cuando llegué a mi minúsculo apartamento mi compañera de piso ya se había marchado. Me pinté los labios de rojo y me puse un vestido que ya había usado muchas veces pero que me encantaba.
Fui al piso de Gala en el que se encontraba con tres amigas más. Gala me dio un beso y me dijo que tenía mala cara. 

Pensé que quizás la ginebra me quitaría el dolor de pies y así fue. Después de cuatro copas de esa baratija de marca blanca incluso me apetecía bailar. 

Me lo estaba pasando bien y me alegré de haber salido. No todo iba a ser estudiar y trabajar. Bailé hasta que me olvidé de que mi vida no tenía sentido. A las 5:48 miré el móvil y vi que tenía un mensaje de Hugo. 
Solía hacer eso. Salía de fiesta y cuando no encontraba a otra con la que pasar la noche me llamaba a mí. Estaba acostumbrada. No me importaba ser su última opción, al fin y al cabo así como era me sentía.

No os equivoquéis, Hugo me caía bien. Me había dejado las cosas claras, o sea, no habíamos hablado del tema pero nunca me dio motivos para pensar que esto era algo más que un buen rato. Además me gustaba y sabía como hacerme disfrutar, era suficiente.

Me fui para casa y me desnudé. Hugo llegó pronto. Lo conduje a mi habitación a oscuras y me dejé querer. Cuando esperaba que se marchase, se encendió un cigarro y se quedó mirándome como si pretendiera verme por dentro.
Me sentí incómoda, tenía miedo de que sus ojos pudiesen atravesar los míos. Ante él me mostraba segura, fuerte, implacable. Nada era cierto, solo actuaba, y me daba mucho miedo de que viese que en realidad solo era una chica del montón con más problemas que años.

Le dije que estaba cansada y me preguntó si podía quedarse a dormir solo por esa noche. No supe decirle que no.
Se tumbó y pasó el brazo por debajo de mi cabeza. Me miró de nuevo a los ojos y me di la vuelta para que no pudiera adivinarme.

Empujó mis caderas a su cuerpo y me besó en la nuca. Suspiré y cerré los ojos mientras mis labios esbozaban una leve sonrisa, quizá porque me sentía segura entre sus brazos, quizá porque me imaginaba lo que podría llegar a ser si no viviera con tanto miedo.


martes, 19 de abril de 2016

La noche.

La noche empezó como otro viernes cualquiera en una ciudad que no dormía. Unos amigos me habían avisado unos días antes de que esta noche íbamos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos y sin pensarlo demasiado acepté. Nunca digo que no a una noche de fiesta con amigos, a pesar de que, al día siguiente, jure no volver a beber en lo que me quede de vida. Vida que será corta si mi relación con el whisky va en aumento.

Sinceramente, no puedo quejarme. Tengo amigos, tengo familia, tengo el dinero suficiente para no preocuparme demasiado y tengo a una chica para cuando me siento solo. Sin complicaciones, es lo mejor. Ni siquiera la conozco, es decir, sí, sé que se llama Aura y creo que una vez me contó que estudiaba arquitectura o algo parecido pero si me preguntáis qué es lo que más miedo le da, o como se llama su madre, no sabría responder. Eso me gusta, ella me gusta lo suficiente y creo que si la conociera más todo cambiaría, me gusta estar así. 

La noche comenzó con una cena en uno de esos  restaurantes de moda con platos de nombres demasiado elaborados y comida escasa. Eso hizo que el vino hiciera más efecto.
Entre risas recordamos anécdotas, todas relacionadas con el viaje que habíamos hecho el año anterior.
Mateo empezó contando que una vez me equivoqué de habitación y le vomité encima a Raúl, que dormía borracho en su cama y no se dio cuenta del desastre hasta el día siguiente.
Todos se ríen con fuerza, la gente del restaurante nos mira. Como siempre, estamos llamando la atención pero no me importa, somos jóvenes, tenemos derecho a no darnos cuenta todavía de que la vida es una mierda.

Llegamos a la discoteca y antes de entrar Daniel saca una bolsa de dentro de su pantalón llena de pastillas, es un día especial, estamos de celebración y en días como estos nos gusta sentir algo más fuerte. No nos juzguéis, como os he dicho, somos jóvenes y los jóvenes no tenemos miedo ni mucho que perder.

Las copas y las pastillas empiezan a hacer que las luces de la discoteca se conviertan en un mundo utópico en el que no existe nada más que la risa. 
Una chica rubia me está mirando. La he visto. Lleva un rato bailando sensualmente delante mía. Un vestido negro se desliza en su cuerpo resaltando sus curvas y se toca suavemente mientras fija sus ojos en los míos intentando que adivine sus pensamientos. No es difícil saber lo que piensa.
Se acerca a mí cuando ya casi no puedo hablar y me susurra algo al oído que no entiendo pero que no necesita ser explicado. Mis amigos me miran con esa cara. Ya sabéis, esa cara que ponen los amigos cuando una tía se te acerca, no encuentro una expresión para describirla.

Me dirijo hacia ellos e ignoro a la rubia, me digo a mí mismo que esta noche no es para pasarla entre las piernas de una mujer, si no entre los brazos de mis amigos. Pero sé que realmente no es eso en lo que estoy pensando.

Ellos me ven acercarme y me llaman subnormal por no haber aprovechado tan suculenta oportunidad. Balbuceo unas palabras y me río. Ellos también se ríen y bailamos o saltamos, a veces no distingo lo que hacemos en ese estado. Por suerte, no suelo recordarlo a la mañana siguiente.

Un instinto me hace mirar el móvil que veo borroso. Las 5:37, pronto cerrarán. ¿Habrá salido Aura? Siento un enorme deseo de pasar lo que queda de noche con ella y le mando un mensaje. No me contesta y guardo el móvil. Maldita sea ¿por qué le habré hablado? 5:48, me ha contestado. Sí, ha salido y me dice que vaya para su casa que acaba de llegar.

Va a ser la noche perfecta si consigo llegar a su calle sin caerme por el camino. 
Llego a su casa y me recibe desnuda. Pobres inocentes los que creen que estar enamorado es la mejor sensación del mundo. Esta es la mejor sensación del mundo.
Ella me complace, como siempre. Yo intento complacerla a pesar de que la cabeza me da vueltas y parece que estoy flotando.

El sol pespunta por el resquicio de la ventana y Aura me besa y bosteza, es la señal para que me vaya pero no me levanto de la cama. Hoy me apetece que me cuente porque sus ojos siempre están tristes. Hoy me siento solo y no quiero más compañía que la de sus palabras.