martes, 10 de marzo de 2015

Capítulo IV: La soledad de un suspiro.

– Mis padres están de viaje así que no nos molestarán. – Mencionó.
La casa era pequeña y su decoración no era moderna pero tenía un encanto especial. Estanterías llenas de libros atestaban las blancas paredes. Una chimenea grande y de piedra destacaba en el salón iluminado por la luz de la luna que se colaba a través de un gran ventanal. Subimos una preciosa escalera de caracol de madera clara y entramos en su habitación. Estaba relativamente ordenada aunque los libros,  una vez más, invadían casi todo el espacio. Un caballete con un lienzo inacabado se situaba en el centro del dormitorio.
– ¿Qué estás pintando? – Le pregunté.
– ¡No puedes verlo hasta que esté acabado! – Exclamó mientras cubría la pintura con una sábana blanca manchada con mil colores.– Últimamente la inspiración no quiere pasarse por aquí.
– Al menos dime que seré la primera en verlo. 
Sonrió y me llevó hasta la cama, donde nos sentamos. Se quedó mirándome a los ojos sin mediar palabra, profundamente. Seguía mirándome mientras deslizaba dos de sus dedos por mi hombro y bajaba suavemente el fino tirante de mi vestido. Su mano volvió a subir con delicadeza hasta mi cara acariciándola mientras su cuerpo se acercaba cada vez más al mío. Su cara se encontraba a pocos centímetros de la mía. Podía sentir como su aliento calentaba mis labios. Ansiaba besarle, lo deseaba con todas mis fuerzas, pero me encontraba paralizada, sumergida en aquel momento que parecía onírico.
Me dio un beso en la mejilla. Me dio otro beso en la mandíbula, cerca del lóbulo de la oreja y subió su mano por el interior de mi muslo metiéndose bajo mi vestido mientras seguía besando mi cuello sin prisa. Le besé con vehemencia en los labios posando mi mano en su nuca y aproximándolo a mí todo lo que pude.
Él me agarró de la cintura apartándome y dejándome tumbada en la cama.
– Lo siento, Carrie, esto no debía haber pasado. – Dijo interrumpiendo el momento.
Mi mente no encontraba las palabras que le ofrecieran una respuesta y cerré los ojos en un intento de pensar qué contestarle. Sentía como él me acariciaba con la punta de sus dedos mientras mis músculos se debilitaban y comencé a sentirme muy cansada.

Cuando desperté, el sol me cegó y con los ojos medio cerrados busqué con mis manos a D.A a mi lado pero solo hallé las sábanas enredadas. Terminé de abrir los ojos y me di cuenta de que estaba en mi habitación. Me dolía mucho la cabeza, parecía que la resaca que el día anterior no me había afectado ahora me llegaba de golpe, asesinándome silenciosa. 



Un millón de preguntas recorrían mi cerebro tan rápido que antes de encontrar la respuesta a una, ya tenía la siguiente rondándome. 
Me levanté apresurada de la cama, lo hice tan rápidamente que incluso tuve que agarrarme al cabecero cuando mi cuerpo se balanceó y mi mirada se nubló.
Seguía con mi vestido negro. Me dirigí al baño de mi dormitorio para mirarme en el espejo y mis labios ya no estaban pintados de rojo. Olía a él ¿cómo iba a olvidar ese olor? No entendía nada. Quizás me había vuelto loca, quizás había bebido tanta ginebra que había perdido la cabeza, quizás mi imaginación se lo había inventado todo, o las nuevas pastillas que me recetó el psiquiatra me habían hecho tener alucinaciones (no sería la primera vez), quizás había sido un sueño, quizás... 
Recordé de repente el arrugado papel que me había dado D.A en la discoteca y me puse a buscarlo como una lunática por todos los cajones y bolsos de mi habitación hasta que dí con él e inmediatamente cogí el teléfono y comencé a marcar los números nerviosa. A pesar de llamar varias veces la respuesta fue el mismo pitido intermitente. No me contestó nadie pero al soltar el teléfono me di cuenta de que tenía algo escrito en mi brazo “Te prometo que continuará, Dylan”



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