viernes, 3 de agosto de 2018

Sol en invierno.

Hablamos hasta que por la ventana suspiró la luz de un nuevo día. Eran las 7 de la mañana y vaciábamos las botellas de ginebra que atestaban una antigua estantería. Contaba con magia en los ojos lo mucho que le gustaba escribir, yo le escuchaba mientras observaba la cicatriz de su barbilla. Quería que no dejara nunca de hablar porque en cada frase aprendía algo sobre él y en ese momento, nada me parecía más interesante. Me imaginaba su futuro, podría escribir un libro sobre cómo se convertía en un exitoso escritor atormentado por su fama.

El tiempo no pasaba, no existía nada en el mundo que prefiriera hacer en ese momento. Estábamos sentados en el sofá y cada vez más cerca. Acababa de conocer a aquella persona pero sentía que ya nos habíamos conocido aunque no lo recordáramos, parecía que cuando ni siquiera éramos nosotros ya sabíamos todo lo que necesitábamos saber.

Salimos al balcón y el frío intenso de esta ciudad cubrió nuestros cuerpos. Me apoyé en la barandilla mientras él se fumaba un cigarro. Veía a la gente pasear por debajo de nosotros, inconscientes del beso que compartíamos con el mundo y con el amanecer.
Él era todo lo que yo imaginaba. Solo me enseñó su parte buena pero me moría de ganas por conocer la mala, deseaba escuchar sus miedos, sus frustraciones, quería que me contara que le hacía llorar, que le hacía reír a carcajadas.

Nos dirigimos a la habitación y me desnudó dulcemente. Nos tumbamos en la cama y me tocó como si yo fuese un piano y él Ludovico Einaudi. Miraba sus ojos camuflados en la oscuridad, él me observaba y se dejaba querer. Metía sus dedos en mi pelo y besaba mi cuello suavemente. Me preguntó si estaba nerviosa y lo estaba aunque se lo negué. Rozó el interior de mis muslos con sus manos mientras besaba mi pecho y me estremecí. Sentía como su lengua bajaba por mi abdomen, como mojaba todos mis recovecos. Nos notaba calientes y con ganas de mezclar nuestro deseo. Los gemidos buscaban escapar de mi garganta cuando se introdujo dentro de un cuerpo que ya no me pertenecía.

Pasaban horas que sentíamos como minutos. Era medio día, estábamos despiertos aunque no lo parecía. Me acariciaba y me decía que le encantaban mis ojos porque expresaban todo lo que pasaba por mi cabeza, pero se equivocaba. Yo le dije que me encantaban sus cicatrices porque cada cicatriz esconde una historia y yo quería escuchar la historia de todas sus marcas.

No podía evitar besarle cuando intentaba dormir y me abrazaba. No quería que saliera nunca de mi cama y eso era extraño, no me gusta dormir con personas que no conozco pero a él si le conocía aunque solo me lo hubiese imaginado.

Se fue cuando la luz se evaporaba y la oscuridad inundaba las calles como un océano, Yo me quedé llena de él, él sintió que solo había sido otra noche que acabaría olvidando. Yo pensé que habíamos creado un principio, él suspiró por aquel ocaso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.