lunes, 8 de abril de 2019

Pequeño cuento inacabado

Había una vez un jardín lleno de árboles, un pequeño bosque en miniatura desde el que alguna vez se podía oír el mar. Si andabas hasta el porche por un camino de tierra podías entrar a una casa llena de sueños y de frío. En aquella casita empecé a conocerlo sin prisa, desnudé su cuerpo antes que su alma. Quise descubrir a que sabían sus manos, enredarme en sus ojos y quedarme dentro. Perdida en su forma de mirarme, no encontré la salida.
A veces, intentaba encender un pequeño fuego que se acababa apagando al poco tiempo. No desistía y se empeñaba en que la madera ardiera pero no se daba cuenta de que me gustaba más cuando me abrazaba hasta quemarme los huesos. Entonces ya no hacía frío porque él estaba cerca.
Casi siempre era de noche. Sentía que éramos un secreto, ocultos en aquella casa, bajo las estrellas, bajo las mantas, bajo su cuerpo. Escondidos del resto del mundo. Allí no había nadie, solo dos personas llenas de miedo que no podían dejar de encontrarse. 
Una vez me leyó poesía. Estábamos sentados en un banquito de mimbre y él leía a Baudelaire, nervioso. Yo escuchaba y cerraba los ojos intentando sentir cada frase, pero solo lo oía a él. Nada más, no entendía lo que estaba diciéndome pero lo oía y aún no he escuchado una poesía más bonita que la de su voz. 
Me gustaba besarle lento para que el tiempo no fuera tan rápido. No sabía cuando sería la última vez que volvería a aquella casa. Nunca quería marcharme, si me iba cabía la posibilidad de que ya no regresara. No me gustaba pensar en eso, me daba miedo no volver a sentirme así. Quizás era adicta a esa sensación. El cosquilleo antes de entrar, la sonrisa que me recibía siempre, sus manos acariciándome la piel. Cada vez lo necesitaba más, cada vez me costaba más no pensar en él si no estaba cerca. Como una droga, solo una dosis me hacía tremendamente feliz y cuando no estaba lo echaba tanto de menos que solo podía pensar en volver a verle, para que siguiera llenándome la vida de recuerdos. 
Quizás ya no sea la chica dura que era antes, quizás ahora soy solo una cursi edulcorada que está atrapada en un sueño, que ha dejado su armadura por el camino y va a pecho descubierto en medio de una batalla. No me da miedo morir, sé que tengo más de una vida, ya gasté algunas antes de llegar aquí. Me da miedo la herida, el dolor. Me aterra no querer revivir. Es el precio que tengo que pagar, pero vendería mi alma a quien fuese solo por tenerle un poco más, para que siguiera tocándome desde dentro, para que no se fuera, para volver siempre a aquella casa rodeada de árboles.
Quizás esas noches se queden en mí para siempre, quizás las acabe olvidando. No lo sé, me gustaría dejarlas aquí para que siempre permanezcan en algún sitio, para que alguien las recuerde por mí porque no merecen olvido.

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