El sol casi había desaparecido y la tenue luz que teñía el mar de azul oscuro se reflejaba en sus ojos marrones. Tenía la carita triste y yo quería lamerle las heridas como una gata. Mezclaba sus dedos con los míos mientras caminábamos por aquella ciudad de aire cubano. Las casas de colores y las terrazas llenas de voces dibujaban las calles. Alguien cantaba desde un balcón y el mar de fondo era la música. A veces confundía los sueños con la realidad, las horas con los minutos, su boca con la mía. Lo sentía. Lo sentía tan dentro que me mataba y revivía en cada beso.
Todo tenía un halo de melancolía en tonos sepia, como si estuviéramos en una película de los años cuarenta y un vinilo de Billie Holiday fuera la banda sonora de aquellos días. No puedo borrar de mi mente sus ojos mirándome, yo apartando la mirada para que no se diera cuenta de que estaba perdida si se marchaba, de que nunca había sido más feliz que cuando me apretaba contra su pecho escrito. Trataba de memorizarlo entero por si algún día no volvía a verle y tenía que vivir de su recuerdo. Grababa momentos en mi alma.
Cuando volví a la cama mientras él dormía, me abrazó en sueños, ahuyentándome las penas. No vuelven si él está cerca, protegiéndome de todo lo que me duela.
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