sábado, 8 de junio de 2019

Finales de enero

Esperé a que saliera de la habitación para poder estar triste. 
Una hora antes gritaba su nombre y prestaba mi cuerpo a sus manos hasta que nos quedábamos sin aire. Cuando todo terminaba solo pensaba en sentir su cuerpo desnudo y salado sujetándome. Esta noche sí, me decía a mí misma, esta noche quizás ya me quiera. Él se levantaba rápido de la cama aún caliente, tenía tanta prisa que se olvidaba de abrazarme, y yo, sintiéndome solo huesos, esperaba a que saliera y lloraba porque una noche más él seguía sin quererme. Luego me vestía lentamente, jurándome que no volvería a aquellas sábanas y fingiendo que nada me importaba cuando él volvía. Sonriente e inmensamente triste ante sus ojos que no querían mirarme, que solo veían mi máscara pero nunca lo que escondía tras ella. 

El autobús se convirtió en mi refugio aquellos días. Media hora de trayecto en la que me curaba el dolor de amarle, en la que la música ensordecía los pensamientos y mi cabeza sobre la ventaba imaginaba mil salidas por las que escapar de aquel bucle. Llegué a una conclusión: o me marchaba para siempre o luchaba hasta morirme. 
Mentiría si dijera no quise irme. Estaba cansada, vivía en una ruleta rusa en la que la bala en la sien era perderle completamente, no tener si quiera su amor a medias. Quise apretar el gatillo, pero nunca me atreví a hacerlo. Él sabía alimentarme la esperanza con migas de corazón. 







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