sábado, 11 de enero de 2014

Rufo

Era pequeño y peludo y aunque no era de raza, sus ojos parecían hablar. Dicen que los perros no sonríen pero sus caras son un espejo de como se sienten.
Tenía a Rufo desde que era muy pequeño y creció a una velocidad inimaginable. Era capaz de comer y comer y nunca parar. Le daba igual lo que fuera, él lo olisqueaba y se lo acababa zampando.
Le encantaba ir al parque y jugar con los niños que lo adoraban, los niños corrían y Rufo los perseguía mientras su lengua se movía como un péndulo.



Vivíamos solos y no teníamos mucho, incluso compartíamos cama.
Rufo era independiente, siempre iba a su aire pero no sé como se daba cuenta de cuando lo necesitaba. 
Un día, llegué a casa, me senté en el borde de la cama y empecé a llorar en silencio. Creo que ni siquiera una persona se habría dado cuenta de que estaba pasándolo mal.
Esa misma mañana, me había enterado de que volvía a tener cáncer, había recaído y ya no sabía si luchar o si rendirme sin más. Entonces, Rufo se acercó, me miró fijamente a los ojos con cara triste y se acurrucó a mi lado. No me pedía que lo acariciara, ni que le diera comida, solo se tumbó a mi lado y me dio su calor. Eso me hizo llorar aún más y ese chucho con cara de tonto me dio un lametón en la cara, aún sabiendo que lo odiaba, y me trajo su vieja pelota de trapo para que jugara con él.
Al fin y al cabo solo nos teníamos el uno al otro.

El cáncer avanzaba y me comía por dentro. Se había expandido y ni la quimioterapia ni las operaciones me aliviaban, solo parecían matarme más lentamente.
Me pasaba casi todo el día en el hospital y llamé a una vecina para que le diera de comer a Rufo y le abriera la puerta para que saliera todos los días. 

Echaba de menos a Rufo, hacía ya más de dos semanas que no lo veía. Quería salir de aquel hospital ¿de qué iba a servir luchar? ¿No sería mejor disfrutar de la poca vida que me quedaba? 
Esa noche lloré, como todas, pero caí en la cuenta de que si me pasaba algo nadie cuidaría de Rufo y se quedaría solo y triste.
Decidí irme del hospital a la mañana siguiente aunque los médicos me advirtieron de que no aguantaría demasiado. Me dirigí a mi pequeño y ruinoso apartamento y allí estaba él, tan inmensamente feliz de verme como yo. Y entonces no recuerdo que pasó pero yo ya no estaba.

No me había dado tiempo a organizar el futuro de Rufo sin mí y no me perdonaría nunca por ello.

La casera lo echó de la casa, lo dejó a su suerte, sabía que se quedaría solo y aún así lo dejó en la calle sin ningún tipo de remordimiento. ¿Serías capaz de hacerle eso a un niño? Los perros también sienten y mucho más de lo que pensamos.



 Rufo vagó sin rumbo fijo y vio a lo lejos como me enterraban. El cura, Rufo y algún desconocido estaban allí. Nadie más me despedía, nadie más sufría por mi ausencia, solo Rufo que no entendía bien lo que pasaba... ¿o si?

Cada noche, Rufo se colaba en el cementerio y dormía a los pies de mi sencilla tumba sin flores, y lloraba sucio y tan triste que dolía.

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