Me acostumbré a tener sus manos en mi cuerpo casi todos los días de este corto invierno, a que me besara lento porque no había prisas que nos apresuraran, a sus caricias sin pausa y a su olor impregnando cada poro de mi pálido cuerpo. Me acostumbré a que lo normal fuese extraordinario.
Entendí que hay rutinas paradisiacas y que, por eso, nunca quise que acabara el hábito de nuestras noches siempre demasiado cortas.
Ahora echo de menos hasta los autobuses que nunca llegaban a su hora, que nuestra cena fuera piel a sorbos y los raviolis se quedaran olvidados en la nevera. Extraño su mano en mi muslo mientras conducía por una carretera llena de palmeras. El almíbar de su boca, droga para mis labios a los que ahora consume el síndrome de abstinencia.
Hace un tiempo que los días son demasiado largos. Solo tengo su voz. La apatía de un trabajo mal pagado, el cansancio metido en las piernas y en los ojos. Un días más, y otro, una sonrisa de mentira permanentemente en mi cara. Otro día de mierda, otro día de mi vida gastado en este sinsentido. No merece la pena. Un verano que parece cuatro estaciones, no se acaba. Empieza agosto y no se ve el horizonte, solo montaña que escalar con las manos ensangrentadas. Queda menos, me repito a mí misma cuando ya no puedo más, solo es un verano, no puede ser interminable. Merecerá la pena si el invierno es la mitad de bueno que el anterior, merecerá la pena si podemos disfrutarnos.
Todo es negro azabache cuando, un día inesperado, él aparece con su carita llena de esperanza, con luz de mayo en las pupilas, iluminando hasta la sombra más oscura y de repente las ganas de vivir se me clavan en los huesos y no me quito la sonrisa de los ojos, la de verdad, la suya.
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