Pensé esto durante muchos años. Terminé bachillerato y me saqué la carrera de Derecho sin saber muy bien el porqué, sin tener un objetivo o meta clara. Suponía que mi inteligencia y ese halo de suerte que me envolvía, me llevarían por el camino que el universo llevaba años planeando para mí. Yo estaba destinada a algo. No hablo de ganar mucho dinero o de ser exitosa, yo sentía que estaba destinada a algo mejor incluso.
Nunca supe cual era ese destino. Quizás era ser una persona importante, una abogada que defendía a mujeres con pocos recursos ante la tiranía del poder y el patriarcado. Me veía cambiando el mundo, aunque solo fuera un poco. Yo haría que la balanza se equilibrara.
Pensé muchas veces en que tal vez escribiría un libro porque desde que tengo uso de razón he escrito. Podía pasar que lo leyeran muchas personas y hasta les gustara, que yo viviera en una casita y encontrara al amor de mi vida y entonces todo fuera bueno. Mi padre lo leería, como tantos otros libros que ha leído en el sillón del salón, pero sabiendo que ese libro lo había escrito yo y lloraría emocionado y orgulloso por lo que su hija había conseguido.
Siempre tuve esa sensación de que mi destino estaba escrito, vaya tontería. Me daba paz saber que aunque me equivocara tomando decisiones, todo era una estratagema del universo para que yo acabara donde tenía que acabar.
Como no era de extrañar, la vida y sus vaivenes rompieron con esa creencia. Dejé de sentirme especial y entendí que era una persona más. Mediocre en todo. Ni guapa ni fea, ni lista ni tonta, ni graciosa ni desagradable. Nada especial. Entendí que todas las decisiones de mierda que había tomado no me estaban llevando a ningún otro lugar que a mi autodestrucción. La carrera que había estudiado y de la que mi familia siempre se enorgullecía no me gustaba, había perdido el sentido ayudar a los demás. Yo no podría hacerlo porque todo está podrido, porque después de ver tantas injusticias, tanta gente buena siendo pisoteada y tanto dolor, soy incapaz de ayudar a nadie. Si no sé ni quien soy, si no sé ni que me haría feliz. Ahora me conformo simplemente con poder sentir algo.
Me pregunto en qué momento dejé de ser aquella niña llena de luz y de sueños imposibles y me convertí en esta adulta que se recrea en su dolor y no mueve un dedo para cambiar porque no sabe ni por donde empezar. Me pregunto si algún día encontraré mi camino, ese que pensaba que estaba hecho solo para mí. Ahora ya no pido ser especial ni hacer nada importante, me conformo con ilusionarme, con no quedarme en este pueblo que me come por dentro y con conseguir no defraudar más a todo el mundo que esperaba que yo fuera algo mejor de lo que soy.
Yo ya he asumido que no soy nadie. No fue de un día para otro, es la vida la que se encarga de ponerte en tu sitio. Acabar de estudiar y sentirte perdida, no encontrar nada que te ilusione, parar, parar más porque claro, tienes que buscar tu vocación, lo que quieres hacer el resto de tu vida y acabas perdiéndote. Se cruzan en el camino demonios que hacen que sientas que no vales nada, rachas de mala suerte y golpes que te dejan el cuerpo amoratado y, aunque te recompongas de vez en cuando, se quedan impregnando tu alma y te oscureces. No echo toda la culpa a que el mundo sea una mierda. Yo tengo gran parte de responsabilidad en esta pérdida de mí. Parece que desde que no veo la salida no me merezco ser feliz. Siempre hay algo que me rompe, que no me permite sanar, porque yo no me dejo. Yo tenía que ser alguien especial y no soy nada, quizás por esas expectativas, ahora todo me parece poco. Nada me hace sentir y si encuentro algo que lo haga me encargo de convertirlo en otra cosa que me destruya. Yo misma me convenzo de que no lo merezco y lo apago.
Al final este es mi destino, lo fue todo el tiempo a pesar de que no quisiera verlo. Siempre a solas con mi oscuridad, siempre sonriente y siempre rota.
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