lunes, 3 de febrero de 2014

Inténtalo.

No era fácil sobrevivir en un lugar tan inhóspito. Me sentía cansada y cada paso que daba suponía un esfuerzo que no podía asumir.
Hacía dos días que había comido un poco de sopa y la cabeza me daba vueltas, el cuerpo parecía no responderme pero no tenía hambre. Mi estómago rugía suplicándome que me alimentara pero mi garganta estaba cerrada a cal y canto y mi cerebro, bueno, mi cerebro ya no parecía mío.
Así pasaron las semanas, pareció eterno, interminable sufrimiento entre llantos ahogados en falsas sonrisas fingidas y en lágrimas y heridas que no cicatrizaban.
Cada mañana me despertaba y al abrir los ojos, los volvía a cerrar. Dormir era lo único que no me hacía pensar, por eso me pasaba el día tirada, intentando quedarme dormida sin conseguirlo.
Estaba sola en aquel lugar tan frío. Mi cama, mi vacío, mi autoestima por los suelos, mis pensamientos hirientes y yo.
La salida parecía tan lejana... Solo quería que todo aquello acabara y volver a ser yo, la que siempre había sido. Feliz, risueña, soñadora, pero ahora solo quedaba un resquicio de aquella que era y que temía no volver a ser.

Me hicieron pensar que nadie me quería, que estaba sola pero se equivocaban y creo que si hubieran tenido razón seguiría metida en la cama, con la cabeza tapada y el corazón doblegado por la derrota de no vencer mis propios obstáculos.
Por suerte, aún quedaba alguna gente que creía en mí y me aferré a ellos, a sus manos y a sus hombros para salir de ese hastío, de esa desesperanza... Les debo tanto que creo que nunca podré compensar todo lo que, casi sin darse cuenta, hicieron por mí.
Habéis sido mis ganas de seguir soñando.








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