Tenía las ganas de llorar tan escondidas en la garganta que no le salía la voz. Caminaba sola mientras la noche impregnaba el cielo y en sus dedos se consumía un cigarro lleno de lo que él le había dado. Se sentía insuficiente aunque sabía que no lo era. Ya no tenía vértigo cuando se asomaba a su vacío, había caído en él tantas veces que sabía que por muy profundo que se despeñara acabaría reviviendo con una vida menos.
Llamó a su puerta, escuchaba ruido dentro pero nadie le hizo caso. Volvió a llamar y todo se quedó en silencio, un silencio tan inmenso que se le quedó metido dentro.
Siguió fumando porque quería quemarse los labios para quitarse el sinsabor de sus besos, prefería que la boca le supiera a ceniza antes que a él.
Continuó andando sin destino, le dolían los pies pero no quería volver a casa. Así llegó al borde de la playa y se sentó en la arena muerta de pena y de frío. La luna la miraba amarilla y menguante, ella se preguntaba si alguna vez dejaría de sentirse tan sola. Tal vez mañana, se respondió, tal vez mañana sea otro día y ya no me importe.
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