miércoles, 6 de noviembre de 2013

14.- Elegía a Víctor.

Sentada en una silla incómoda, gris, como el cielo de aquella tarde, me dispuse a escribir una carta que no llegaría a enviar nunca. Lo consideré una elegía porque al fin y al cabo era lo que sentía: muerte.

Víctor,

El frío aparece pero no está en mi habitación, está en mi cuerpo, congelado desde que te fuiste.
Las mañanas son oscuras cuando me despierto inerte en la cama pensando, con los ojos abiertos y anclados en el techo, si me gustaría que estuvieras conmigo en ese momento. Durante mucho tiempo esa respuesta siempre ha sido sí pero algo ha cambiado. Algo se ha roto dentro de mí y ya no quiero que vuelvas, no, no quiero que vengas a salvarme, no quiero que nadie me salve pues ya es demasiado tarde.

He dejado de sentir, sí, aunque no lo creas, ya no siento. No te consideres el culpable de esta circunstancia porque a pesar del daño y de todas las guerras que ha librado mi corazón por ti, tú no tienes la culpa.
Simplemente, me he dado cuenta de que no merece la pena. No se le puede dar a nadie el poder de hacerte tanto daño.

Para mi ya no existes, te has disipado, esfumado, desaparecido. No estás. 
Y no recuerdo tus mentiras ni tu manera de hacerme daño. Solo me queda espacio para tus besos, tus caricias y tu manera de reír. Para esos días en los que el mundo se nos quedaba pequeño, para esos momentos en los que eras la mejor compañía para el frío e, incluso, para el calor. No me queda ni un pedacito del miedo que me hacías sentir, ni de tus gritos, ni de tu rabia. Es más, ni siquiera tengo espacio para tu desprecio.
¿De qué sirve guardar todo ese odio? Si puedo quedarme con la forma tan tierna en la que me hacías sentir deseada, en tus manos. En tus manos en mi cuerpo y en tu otoño sin final.
Tus pensamientos, tu imaginación o tus ganas de volar conmigo.

Cerré el folio y mis ojos. Encendí el mechero. Adiós.






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