viernes, 29 de noviembre de 2013

¿Y si no te hubieras ido?

Llaman a la puerta y eres tú. 
Todo está tan desordenado como de costumbre, la mesa del salón está sucia y aún tiene algún resto de comida de la cena. El mueble de la esquina se ha roto y la puerta le cuelga sujeta únicamente con un raído tornillo que se ve más de lo que debería.
Pasa.
Ven a mi habitación, está al final de pasillo, no enciendas la luz, solo tienes que seguirme.
Tumbémonos en la cama, pero dentro, que hace frío. 
Tienes las manos heladas. No puedo creer que seas tú. 
Siempre te dije que tu perfil era perfecto. El juego que hacían tu frente, tu nariz y tu barbilla era etéreo.
Vamos, bésame que ya no recuerdo cual era tu sabor.
Vamos, tócame antes de que se acabe el tiempo.
No hace falta que te diga lo que tienes que hacer cuando me tienes medio desnuda en la cama, intuyendo mi cuerpo pálido bajo esta tenue luz de invierno.
Sabes como dejarme extasiada, conoces cada recoveco de mi anatomía y como tus manos, o tus labios, o tu lujuria pueden complacerlos.
No recordaba que contigo el amor no se hacía, solo se sentía.
Y mírame, y sonríe porque sabes que no puedo resistirme.
Dime que volveré a tenerte, aunque sea mentira, porque quizás así pueda conciliar el sueño enredándome en tus promesas. 
Pero no te vayas. Por favor, no te vayas.


Joder, otro maldito sueño erótico.

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