jueves, 26 de enero de 2012

8.- Malditos coches


Víctor, mi primer amor, con el que no hablaba hacía casi un año y lo peor que podían contarme sobre él.
La voz de mi amiga Amanda sonaba triste, llorosa. Me seguía hablando pero yo no la oía, en mi interior solo existía la impotencia. Malditos coches.
Llegué casi teletransportada a la estación de autobuses. Por suerte, había uno a punto de salir.
Me senté en la parada y por extraño que parezca no lloré, no derramé ni una lágrima. Mis ojos miraban fijos algo insignificante que no recuerdo. 
Me subí en el autobús. El reloj marcaba la una y diez minutos. En la radio sonaba "Show must go on" de Queen que se adentraba en mi cabeza.

Recordaba perfectamente las tardes con Víctor, en su casa, perdidos en ese mundo, en esas sábanas que se arrugaban entre sus manos... ¡Su blanca y dulce sonrisa no podía apagarse para siempre! 
Tenía que decirle que siempre le había querido a pesar de lo que había pasado entre nosotros. Nunca le había olvidado.
¿Por qué tardaría tanto este negligente autobús? 
Tenía que llegar a tiempo, mis últimas palabras no fueron las mejores que se le puede decir a alguien antes de morir. Después de lo que pasó, de que me dijera que nunca me había querido me llamó llorando por teléfono, arrepentido y pidiéndome perdón. Pero me había hecho mucho daño y le dije que era la persona más despreciable que había conocido nunca. Colgué. Sí, esas fueron mis últimas palabras.
Llegué al hospital.


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