miércoles, 18 de enero de 2012

5.- Nuestro mundo a parte

Se quedó pensativo...

- No te vayas, no podría soportar perderte.- Me respondió suavemente.
- No vas a perderme nunca.- Le dije.

Y me besó. Me besó como nadie lo había hecho antes, me sentí viva y en paz conmigo misma, esa noche podría morir entre sus brazos, no me hubiese importado.

Decidimos empezar una relación. Era completamente feliz, ya no pensaba en mi primer amor ni un segundo. Toda mi vida giraba en torno a Carlos, le escribía cartas, miraba sus fotos a todas horas, siempre estaba deseando estar con él. Besarle, abrazarle, susurrarle lo que le quería al oído, sentir su cuerpo, sus ojos, sus manos de hombre, su mirada profunda... ¡y lo mejor de todo era que él me correspondía!

Los fines de semana pasaba la mayor parte del tiempo en su casa. Llegaba y nos poníamos a charlar, jugábamos al Singstar, yo, le hacía cosquillas para que no ganase y él me tapaba la boca con un beso para que no pudiese ser yo la que le vencía. Más tarde cenábamos y siempre le robaba comida de su plato sin que se diera cuenta. Todo era tan perfecto que no podía creerlo. Otra vez estaba completamente enamorada de alguien, otra vez confiaba plenamente en una persona con el riesgo que eso conlleva, otra vez era feliz.

Pasó un mes, solo un mes sí, pero vivido tan intensamente que pareció más. En cada beso que me daba se detenía el tiempo, sentía como la sangre me recorría las venas, como el vello del cuerpo se me erizaba. Sin embargo, el destino no dejaba que mi felicidad durara demasiado. Como siempre no todo es de color de rosa y como siempre el amor duele...


Estaba extraño, acabaron las vacaciones y volvimos a los estudios. Él estaba muy estresado y ahora parecía que le costaba besarme, abrazarme o simplemente que estuviéramos a solas.
Se lo conté a un amigo y rompí a llorar... ¿Por qué? ¿Que había hecho mal?  
Me estaba esforzando al máximo para que esta relación saliese bien y parecía que simplemente era su amiga, incluso nos veíamos menos que antes de empezar a salir. Todo eran excusas y más excusas que no llegaban a ningún sitio.
Llegó a ese banco de hierro forjado negro en el que me encontraba con mi amigo y se sentó conmigo. Mi amigo se fue.

- ¿Qué te pasa?- Me preguntó.
- Sabes lo que me pasa, te quiero muchísimo, la pregunta es: ¿Me quieres como yo a ti?- Le dije como pude, ya que el llanto no me dejaba hablar con fluidez.

2 comentarios:

  1. te sigo! me gusta mucho, es un blog muy original!! :)

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    1. Gracias, espero que te guste la historia :)

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